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LO HARÉ COLUMNA EN EL TEMPLO DE DIOS

2020-12-10 Por: Pr. Allan Machado 38

“Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él, el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo” (Apocalipsis 3: 12)

 

Llegar a ser una columna en el templo de Dios es algo inconcebible para mí. ¡Qué declaración más inspiradora! Mientras levantábamos las columnas de nuestro templo en Hialeah, me sorprendió el cimiento y el tamaño de las dos columnas principales del edificio. Sobre ellas descansa un trozo de hierro que pesa más de 10 toneladas. Las columnas son impresionantes. Se elevan a casi 50 pies de alto y tienen un ancho aproximado de 3 pies por cada lado. El ingeniero estructural asegura que no existe huracán que pueda moverlas. Y me pregunto; ¿Será posible que nosotros que somos tan fácilmente movidos por las cosas terrenales, podamos llegar a ser como estas columnas, inmovibles, que nada ni nadie pueda derribarnos o pueda perturbar nuestra calma?

 

Sí, es posible, y el apóstol Pablo lo sabía. Cuando se hallaba camino a Jerusalén donde preveía le esperaban “ligaduras y aflicciones” pudo decir con plena confianza: “pero ninguna de estas cosas me hace cambiar” (Hechos 20: 24). El apóstol había llegado a un nivel de experiencia con Cristo que lo había llevado a abandonar todo el amor por las cosas del mundo y a valorar su propia vida sólo a la luz del evangelio; “ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe la carrera”. Podemos decir que Pablo había llegado a ser una columna inmovible.    

 

Queridos jóvenes, si permitimos que Dios obre en nuestras vidas, podemos llegar a ser columnas inmóviles. “Al que venza, lo convertiré en una columna para el templo de mi Dios”. Yo no sé si el ingeniero tiene razón cuando dice que no hay fuerza huracanada que pueda derrumbar las columnas de nuestro templo. Eso está por verse. En esta vida todo se derrumba, todo cambia, lo que parece que no se puede torcer, se tuerce y lo que parece inhundible, se hunde. Lo que sí sé, es que si llegamos a ser columnas del templo de Dios, nada, nada podrá movernos porque Dios mora en ese templo. Cuando Dios mora en un alma entregada sin reservas como llegó a ser la experiencia de Pablo; aunque todas las calamidades caigan sobre ella y rujan como vientos huracanados, esta se mantiene en calma y una paz interior la afirma como la columna más fuerte del templo de Dios.

 

¿Qué es lo que te hace temblar como hojas secas al menor viento de peligro? ¿Será el tener al mundo en tu corazón en vez de tener a Dios morando en tu alma? Recuerda, “Los que confían en el Señor serán como el monte de Sión, el cual no puede ser cambiado, sino que permanece para siempre” (Salmo 125: 1) y “llegarán a ser columnas en el templo de Dios, y nunca más saldrá de allí” (Apocalipsis 3: 12). 

Que Dios te bendiga siempre.




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