Jovenes

 

 

VENDARÉ A LA PERNIQUEBRADA

2020-10-08 Por: Pr. Allan Machado 22

“Yo buscaré la perdida y haré volver al redil a la descarriada, vendaré la perniquebrada y fortaleceré a la débil; más a la engordada y a la fuerte destruiré: las apacentaré con justicia.” (Ezequiel 34: 16).

 

Escuché la historia de un joven soldado que finalmente regresaba a casa, acabada la guerra de Vietnam; llamó a sus padres desde San Francisco: “Papá, mamá, voy de regreso a casa, y tengo que hacerles una petición: tengo un amigo que quisiera traer conmigo”. “No hay problema hijo” contestaron, “nos gustaría conocerlo.”

 

“Hay algo que necesitan saber” el hijo siguió diciendo. “Mi amigo fue malamente herido en combate. Pisó una mina enterrada en la selva y perdió sus piernas y un brazo. No tiene a donde ir y yo quisiera que venga a vivir con nosotros.” “Siento escuchar esto, quizás podamos encontrarle un lugar donde vivir” dijeron los padres. “No, papá, yo quiero que él venga a vivir con nosotros” insistió el joven. “Hijo,” dijo el padre, “tú no sabes lo que estas pidiéndonos. Alguien con esa incapacidad solo sería una terrible carga para nosotros. Tenemos nuestros propios problemas, y no podemos permitir que alguien así interfiera en nuestras vidas. Yo creo que tú debes venir a casa y olvidarte de este asunto. Tu amigo encontrará la manera de vivir su propia vida.”

 

A este punto en la conversación, el joven colgó el teléfono. Los padres no oyeron nada más de su hijo. Preocupados por la ausencia del joven, el padre se fue a San Francisco con la esperanza de encontrarlo. No fue difícil, en aquella época muchos soldados vivían desamparados en las calles sucias del centro de la ciudad. En uno de esos callejones lo encontró. Era su hijo, tirado en el suelo como un pordiosero. Le faltaban las piernas y el brazo derecho.

 

Muchos son los “cristianos” que se parecen a los padres de esta historia. Encontramos que es fácil relacionarnos con aquellos que son bien parecidos, con quienes la pasamos bien, pero no nos agrada la gente con inconvenientes que nos hagan sentir incómodos. Preferimos mantenernos alejados de aquellos a los que la vida ha estrujado como a una hoja de papel que tiramos a la basura. Sencillamente evitamos a la gente con problemas, con incapacidad, los que no sobresalen, los que viven al margen de la sociedad, los que se sientan en las últimas bancas de la iglesia, los que llegan tarde y se van temprano.

 

Cuán maravilloso es saber que Dios no es así. Dios nos ama de una manera incondicional y nos acepta en su familia, no importa cuántas heridas tengamos. Para Él nosotros no somos una carga, somos sus hijos “no matterwhat.” “Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada, vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil…” (Ezequiel 34: 16). ¿No crees que el verdadero cristiano está llamado a reflejar el amor divino? Mira a tu alrededor, ¿Cuántas ovejitas perniquebradas conoces? ¿Cuántos son los que necesitan que alguien cure las heridas producidas por este mundo hostil? La iglesia de Cristo necesita que todos sean capaces de elevarse por encima del egoísmo y la apatía que caracterizan la sociedad de hoy.

 

Que tu oración este día sea: Querido Padre Celestial, quiero poner a los jóvenes de hoy en tus manos, quiero pedirte que los toques y nazca en ellos el deseo de servirte, en el nombre de Jesús, Amén. 

Que Dios les bendiga siempre.




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