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ORAR SIN CESAR 2 / 2

2020-08-27 Por: Pr. Allan Machado 31

Jesús usa la historia de una viuda que había sido maltratada por su adversario y pedía justicia al juez malo. Al principio, el juez ignoraba la súplica de la viuda. Sin embargo, al ver lo persistente que era, decidió de mala gana hacerle justicia. “Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo, al fin me fastidie” (Lucas. 18: 4-5). El juez malo le hizo justicia a pesar de no estar motivado por el temor a Dios ni por sentimientos de compasión hacia los más débiles. El juez actuó meramente en beneficio propio. Jesús contrasta la actitud de este juez malo con las motivaciones buenas de nuestro amoroso Dios, quien responde a las necesidades de sus hijos cuando estos claman en su nombre. ¿Y no cobrará Dios venganza por sus escogidos, que claman a Él día y noche? Por esta razón, Jesús nos apremia a que nos mantengamos en constante oración. 

La vida de Jesús es un ejemplo de oración constante. En muchas ocasiones podemos encontrarlo hablando con el Padre antes del amanecer. “Y levantándose de mañana, mucho antes del amanecer, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1: 35). En otra ocasión pasó la noche entera en oración. “Y aconteció en aquellos días, que fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas. 6: 12). En adición a su vida de oración privada, Jesús oraba regularmente en público. “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños… Y tomando los cinco panes y los dos pescados, mirando al cielo los bendijo, y partió, y los dio a sus discípulos para que pusiesen delante de la multitud… Padre, gracias te doy que me has oído. Yo sabía que siempre me oyes” (Mateo. 11: 25; Lucas. 9: 16; Juan 11: 41-42). Si Jesús, el Hijo de Dios tenía el hábito de orar constantemente en privado y en público, cuanto más nosotros debemos hacer lo mismo.  

Queridos jóvenes, tengan siempre presente que mientras atendemos a nuestros quehaceres diarios, deberíamos elevar el alma al cielo en oración. Estas peticiones silenciosas suben como incienso ante el trono de gracia; y los esfuerzos del enemigo quedan frustrados. El cristiano cuyo corazón se apoya así en Dios no puede ser vencido. Todas las promesas de la Palabra de Dios, todo el poder de la gracia divina, todos los recursos de Jehová, están puestos a contribución para asegurar su liberación. 

Los ministros de Cristo deben velar en oración. Pueden presentarse confiadamente ante el trono de gracia. Con fe pueden suplicar al Padre celestial para que les dé sabiduría y gracia, a fin de que sepan trabajar con las mentes. (EGW. Obreros Evangélicos, pág. 267)  

Que Dios les bendiga siempre.




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