Salud Mental

 

 

LO MEJOR DE MÍ. UN CAMINO A LA FELICIDAD 1/2

2019-12-06 Por: Autorización de Fundación Vivo Sano 39

Algo que tenemos en común todos los seres humanos es el deseo de felicidad. Casi toda nuestra conducta está basada en impulsos más o menos conscientes con la intención de ser más felices. Podríamos decir que la historia del hombre es la de la búsqueda de la felicidad.

Existen dos corrientes en esta búsqueda. Una de ellas afirma que la felicidad depende de que las circunstancias externas sean las adecuadas, y que hay que luchar por ello.

La sociedad de consumo promueve la felicidad en tener: esta ropa, aquella tecnología, ir a tal espectáculo, o tener una casa y un trabajo que nos permita estar seguros. Muchas religiones afirman que, cumpliendo ciertos preceptos, acabaremos reuniéndonos con un dios que está en otro lado. La política propone que la felicidad llega cuando gobierna tal o cual partido. Todas ellas se centran en una felicidad que depende de lo externo.

Está bien tener objetivos que nos aporten bienestar. En muchas ocasiones son una fuente de motivación y evitan que vayamos a la deriva en la vida. Pero cuando hacemos depender nuestra felicidad de que estos objetivos se cumplan, surgen conflictos. Si solo estamos abiertos a que suceda lo que queremos, la esperada felicidad puede convertirse en infelicidad.

Hay otra forma de concebir la felicidad que la considera una experiencia interna, no tanto relacionada con lo que nos sucede sino con nuestra actitud hacia ello.

Lo que determina que nuestra vida sea una más, o una enorme bendición para nosotros y para el planeta, no es lo que nos suceda en la vida sino cómo respondemos ante ello.

Víctor Frankl era un joven y prometedor psiquiatra de la primera mitad del siglo pasado. Se carteaba con Freud y acababa de casarse muy enamorado, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y fue internado en un campo de concentración. Su mujer y sus padres también lo fueron, y allí murieron al igual que casi toda su familia y amigos. Frankl experimentó los horrores y vejaciones de su condición de prisionero durante gran parte de la guerra. Observó que cuando un compañero caía presa del desánimo, al poco tiempo era enviado a las cámaras de gas, o enfermaba y moría. Frankl pudo haberse dejado invadir por el resentimiento o la tristeza, pero no lo hizo. En una ocasión se encontraba aislado, en un calabozo en las peores condiciones imaginables, y para agarrarse a la vida se vio en el futuro dando conferencias en las que explicaba cómo es posible sobrevivir en un campo de concentración.

Fue liberado al acabar la guerra y llegó a cumplir aquello a lo que se agarró para sobrevivir. Ocupó cátedras en universidades europeas y americanas, y fue conferenciante en muchos países.

La experiencia límite en el campo de concentración le inspiró el libro El hombre en busca de sentido donde expresa lo que no se le puede arrebatar al ser humano: “La última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”.

Frankl demostró que aún en las situaciones extremas el ser humano puede seguir siendo libre. Su legado es inmenso porque nos mostró que, si él fue capaz de elegir, nosotros somos libres de hacerlo en nuestros pequeños retos de cada día.

A partir de la década de los noventa Stephen Covey ha sido considerado uno de los gurús empresariales norteamericanos. Covey recogió el legado de Frankl y lo aplicó a la vida cotidiana afirmando que “Entre el estímulo y la respuesta, el ser humano tiene la libertad interior de elegir”. Por tanto, nuestra conducta se basa en nuestras decisiones, no en nuestras circunstancias o en nuestras emociones.

Y definió lo que llamó “pro-actividad” como “la iniciativa y la responsabilidad de hacer que las cosas sucedan”. Covey afirma que la base de una felicidad duradera es ejercitar esta libertad con una profunda ética en nuestras vidas.

Frankl habla en su libro de los hombres libres, aquellos que iban de barracón en barracón consolando a los demás o dándoles el último trozo de pan que tenían. Covey declara que la felicidad duradera sólo puede estar basada en unos principios asentados interiormente.

Ambos relacionan la libertad y la felicidad con una actitud interna.

No hace falta ser un Frankl o un Covey para ser libre, todos conocemos personas que viven dando lo mejor de sí mismas de una forma anónima. He visto a Teresa dedicar su vida a limpiar casas, poniendo orden y armonía por donde pasa, y con su trabajo da hogar y estudios a su hijo. Y existen muchas Teresas en la Humanidad.

Si disponemos de esa enorme libertad, ¿Por qué en muchos casos no la utilizamos? Probablemente porque no nos han educado en ella y no sabemos ni siquiera que existe. Nada en la educación formal está orientado a que seamos unas personas libres y felices. Si ese es nuestro más grande deseo necesitamos formarnos nosotros mismos. ¿Cómo?

La idea es sencilla: Si aprendes a conocer lo mejor de ti y a darlo, serás más feliz y harás más felices a los demás. Además, motivarás a los otros a dar lo mejor de ellos mismos. Si cada miembro de un grupo da lo mejor de sí, la felicidad se multiplica.

Si aprendes a conocer lo mejor de ti y a darlo, serás más feliz y harás más felices a los demás.

Autor: FERNANDO SÁNCHEZ QUINTANA

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