Salud del cuerpo

 

 

TÓXICOS EN EL PLATO

2017-10-21 Por: Autorización de Fundación Vivo Sano 16

Desde siempre se conoce el papel clave de la alimentación en la salud. Y se ha hecho mucha divulgación sobre lo que debería ser una dieta sana, pero, casi siempre, olvidando un aspecto crucial del asunto.

 

Se ha hablado mucho de calorías, hidratos de carbono, grasas, antioxidantes y minerales, pero poco o nada, por ejemplo, de contaminantes industriales, residuos de pesticidas o aditivos que también pueden estar presentes en los alimentos.

 

Es como sí, de algún modo, los consejos nutricionales se diesen pensando en la composición que los alimentos tenían hace 100 años pero no en la que, de hecho, tienen ahora.

 

Hoy, muchas veces, nuestros alimentos pueden estar repletos de sustancias contaminantes que de forma natural no tendrían. Como dice el refrán, “de lo que se come se cría”, y si se comen tóxicos pueden “criarse” problemas de salud. Máxime cuando se sabe que muchos de los contaminantes alimentarios han sido identificados como cancerígenos, tóxicos reproductivos, neurotóxicos, alergénicos, etc.

 

La verdad es que la lista de sustancias que pueden contaminar la comida es interminable, así que solo citaremos unas pocas. Por ejemplo, los residuos de pesticidas, que según los informes de la propia Unión Europea están presentes en un notable porcentaje de las frutas y verduras no ecológicas que llegan a los mercados. O los ftalatos y el bisfenol A, procedentes de diversos recipientes en los que se envasan los alimentos, y desde cuyo interior migran a la comida, contaminándola, especialmente si se calientan. O ciertos compuestos perfluorados, que podrían proceder del recubrimiento antiadherente de algunas sartenes.

 

Ciertos contaminantes alimentarios proceden de la emisión o vertido a la atmósfera, ríos, mares y suelos de sustancias persistentes y bioacumulativas que se concentran en niveles crecientes, según se asciende por la cadena alimentaria (dioxinas, PCBs, hexaclorobenceno, lindano, PCBs, DDE...). Por otro lado, algunos alimentos, como ciertos pescados, pueden contener una alta presencia de metales pesados, como el mercurio, y hay que saberlo. Por esta razón, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, aunque con retraso, llegó a desaconsejar a las mujeres embarazadas y niños menores de tres años el consumo de especies como el atún rojo o el pez espada.

 

Los posibles contaminantes de nuestra comida son muchos. Y muchos pueden ser los efectos a los que han sido asociados por millares de investigaciones científicas. Muchas veces estos efectos se dan a niveles bajísimos de concentración, lo que pone en cuestión los límites “seguros” de contaminación que han venido estableciendo las autoridades, en principio para velar por la seguridad alimentaria, como por ejemplo, la famosa Ingesta Diaria Admisible (IDA), que sería la cantidad de tóxicos que, según se dice, podemos ingerir sin sufrir consecuencias, y que ha sido puesta reiteradamente en tela de juicio por la comunidad científica Porque hoy se sabe, por ejemplo, que muchos de esos contaminantes son disruptores endocrinos, esto es, sustancias que pueden alterar el equilibrio hormonal del organismo, y que muchas veces, pueden hacerlo casi a cualquier concentración por baja que sea, especialmente si la exposición a esas sustancias se da en periodos críticos del desarrollo, como en el embarazo.

 

Además, las autoridades han evaluado la toxicidad de las sustancias una a una, pero no el efecto conjunto de todo el cóctel de contaminantes que ingerimos a diario y que puede ser mucho mayor.

 

El problema es serio pero también es mucho lo que podemos hacer. Si no para eliminarlo del todo sí para reducir su impacto. El antídoto principal es la información. Comer sabiendo, en la medida de lo posible, qué comemos. Ver qué alimentos pueden contener más o menos una serie de sustancias y optar por los menos contaminados. Por ejemplo, los alimentos ecológicos, que contienen menos residuos de pesticidas. Y siendo conscientes de una serie de cosas básicas que pueden ayudarnos a evitar la presencia de algunos contaminantes, por ejemplo, no calentando alimentos en determinados recipientes, como los de plástico o las latas. Y teniendo siempre un espíritu crítico que nos lleve a no confiar ciegamente en que las autoridades ya lo están “controlando”, sino que tenemos que asumir que debemos tener un papel consciente y activo para proteger nuestra salud y la de nuestras familias.

 

Autor: Carlos de Prada


www.vivosano.org/es_ES/Informaci%C3%B3n-para-tu-salud/Persona/Alimentaci%C3%B3n-sana/Toxicos-en-el-plato.aspx






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