Matrimonios

 

 

LA PÉRDIDA

2020-10-28 Por: Pr. Juan Estrada 32

Uno de los dolores más grandes en una pareja, es perder a un hijo que se encuentra en plena flor de la vida, la muerte de uno de ellos es un dolor incomparable, tan triste y difícil de superar y completamente distinto al duelo que se vive cuando muere otro familiar por ser mayor o estar enfermo, porque llegas más rápidamente a una aceptación.

Los hijos son un regalo de Dios, y la pérdida de uno de ellos es difícil de aceptar, muchas parejas han recurrido de forma ignorante a la nigromancia, para consultar a los muertos y para querer saber el estado de un ser querido. Esta actividad se ha practicado a lo largo de la historia, siendo una práctica muy común también en nuestros días, el enemigo la pone como algo tan natural y sin malicia como es hacer una llamada de teléfono. Esta práctica ha sido y es aún en nuestros días condenada por Dios. Muchos son olvidados que “los muertos no saben nada ni esperan nada, pues su memoria cae en el olvido”. Por lo tanto, no podemos consultar a algo que no sabe nada.

Siempre se ha considerado esta práctica como satánica, a lo largo de los siglos el hombre de alguna manera ha intentado erradicarla, en el pueblo de Israel el rey Saúl eliminó a quienes la practicaban, en la edad media se quemaban a las brujas (adivinas) en las hogueras por estas prácticas. En la actualidad, nuestra sociedad lo mira como algo normal, anuncios de televisión le hacen propaganda, los correos electrónicos están repletos de publicidad sobre esta práctica, es tan fácil acceder a quienes la practican como algo normal. Nos olvidamos de que el mismo enemigo se puede vestir de ángel de luz para engañar aún a los escogidos.

La pérdida de un ser querido no debería motivar a nadie, a querer consultar con los espíritus malignos el futuro que nos depara, es por eso por lo que debemos consultar mejor al dador de la vida, y poner nuestras vidas en sus manos para que las dirija y nos consuele.

Debemos estar firme de creer que nuestra vida estás segura en las manos de Dios, y pensar: “Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 8.38-39).

En los momentos más difíciles aprendamos a ser más fuertes en las manos de Dios.




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