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Y CONOCERÁN LA VERDAD… 3

2019-04-25 Por: Pr. Juan Estrada 15

Seguimos estudiando la base de la verdad que enseñaba Jesús, hemos visto la semana pasada que Él se preocupaba por las necesidades de sus semejantes, si había enfermos, los sanaba, si había hambrientos, los alimentaba, si había desnudos, los cubría. Cada acción que hacía por los demás, era la preparación del corazón de estas personas, y tenían una mejor capacidad para recibir las buenas nuevas, para recibir la verdad.

Después de estas acciones Jesús les enseñaba a través de parábolas las verdades del reino, les mostraba en imágenes de la vida cotidiana, como era el Reino de Dios y que características debían de tener aquellos que quisieran ingresar en el.

Les habló de la importancia de mantener el corazón abierto a la palabra de Dios a través de la parábola del sembrador, pues un corazón sincero recibe la verdad con alegría y la pone en práctica, así lo resumió a los discípulos al decirles: “Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno” (Mateo 13: 23). Estos son los resultados de conocer la verdad, dejarse ser transformados en mensajeros de la verdad.

A través del evangelio Jesús quería sanar todas las dolencias que atacaban la tranquilidad de las personas, la culpa, los pecados y las transgresiones no solo hacia Dios sino también hacia sus semejantes. Jesús quería rescatar del pecado a aquellos que realmente lo necesitaban y lo deseaban porque “el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19: 10).

A través de los Evangelios encontramos a Jesús teniendo encuentros muy especiales con personas específicas, lo vemos entrando a Jericó, su misión consistía en encontrarse con un hombre subido a un árbol, este pequeño hombre tenía una gran necesidad en su corazón, sentía culpa por sus actos realizados. Fue allí debajo de aquella sombra de aquel gran sicomoro que cubría la calle donde Jesús se encontró con Zaqueo, un cobrador de impuesto, al que Jesús recibió con los brazos abiertos sin mirar su pasado y a punto de restaurarlo para que de él surgiera la dadivosidad  hacia los demás. Las palabras de Jesús fueron: “Tengo que quedarme hoy en tu casa” (Lucas 19: 5). A Jesús no le importan las murmuraciones a Él solo le importa aquel hombre porque en ese día había “llegado la salvación a [esa] casa” (Lucas 19: 9).

¿Recuerdas a Jesús junto al pozo? Exacto la historia de la mujer samaritana. Ni fronteras, ni las razas eran límites para Jesús si tenía que salvar un corazón quebrantado. Le vemos aquel mediodía caluroso sentado junto al pozo, estaba a la espera de su próxima entrevista, en este caso era una mujer, cuando se encuentran, Él empieza la conversación, en la cual no la juzga, sino que le enseña la importancia de “que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Juan 4: 23-24). La mujer comprende que, con quien habla es diferente, pues no la juzga, sino que la restaura de su vida pecaminosa. Ella regresa al pueblo y se convierte en portavoz del Señor.

Jesús no solo se preocupa por las necesidades físicas, sino también por aquellas que afligen nuestro corazón, porque “el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19: 10).




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