Familia

 

 

COMPARTIENDO

2020-10-06 Por: Pr. Juan Estrada 34

Una de las cosas que muchas veces nos cuesta aprender, es compartir. Cuando tenemos algo a lo que le tenemos cariño y aprecio nos cuesta desprendernos de él o nos cuesta compartirlo con otros. Consideramos que muchas cosas son nuestras sin darnos cuentas que la hemos recibido con una bendición. El mejor lugar para aprender a compartir es en la familia; este principio lo deben enseñar los padres a los hijos como un valor importante qué, hará crecer al niño con una ideología de que no le pertenece a él, de que todo le pertenece a Dios, pero lo que él tenga lo puede compartir con aquellos quién lo necesitan.

Aquí radica un principio importante dentro de la Ley de Dios: amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22: 36-40), este amor se cultiva desde la niñez, y es aquí donde ellos pueden aprender a amar a su prójimo, ellos deben sentir la necesidad de los otros y deben aprender que compartir un juguete o un bocadillo es amar a sus semejantes.

¿En qué mejor forma puedo enseñar a mis hijos a servir y glorificar a Dios? Debería ser la pregunta que ocupe la mente de los padres. Si todo el cielo se interesa en el bienestar de la humanidad, ¿No deberíamos ser diligentes en hacer lo mejor posible para el bien de nuestros hijos? (CN 47.2). Este debe ser el pensamiento de cada padre y madre, Preocuparme para que mi hijo haga el bien en la humanidad, que sea un ejemplo y qué otros lo puedan aprender.

Los hijos deben aprender que no importa la situación en que ellos vivan, en lo poco o mucho, ellos deben aprender que compartir es sólo una muestra de las bendiciones que Dios les ha dado. “Debe rendir cuenta a Dios de su fuerza, habilidad, tiempo, talento, oportunidades y recursos. Esto constituye una obra individual; Dios nos da para que seamos como él generosos, nobles y benevolentes al compartir lo que tenemos con otros. Los que olvidan su misión divina procuran tan sólo ahorrar o gastar para complacer el orgullo o el egoísmo, y esto puede ser que disfruten de los placeres de este mundo; pero ante la vista de Dios, estimados en base a sus realizaciones espirituales, son desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos”. (CMC 24.3).

No permitas que tus hijos crezcan con un espíritu de orgullo y egoísmo; llévalos por el camino qué les enseña a compartir, y de esta manera puedan aprender, no sólo ayudar a sus semejantes, sino que puedan glorificar el nombre de Dios con sus acciones, porque de lo recibido de la mano de Dios damos a otros.




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