Familia

 

 

BUSCANDO LA PAZ EN LAS RELACIONES PERSONALES 1/4

2020-05-12 Por: Autorización de Jóvenes Cristianos.com 22

¿Cómo hacer las paces con un amigo, un hermano en la iglesia o con mi esposo/a después de una discusión? ¿Por qué a veces nos cuesta tanto? ¿Qué consejos nos da la Biblia en este tema?

Antes de considerar la práctica de la reconciliación, necesitamos unas reflexiones previas sobre la enseñanza bíblica en torno al enojo y la ira.

En este artículo veremos cómo enfrentar los enfados y enojos, para que nuestra relación de amistad o de pareja funcione correctamente.

El enojo no siempre es pecado

De hecho, hay ocasiones en las que el no airarse puede ser ofensivo para Dios.

El silencio cómplice ante determinadas conductas desagrada profundamente al Señor. Se nos dice de Pablo que mientras andaba por las calles de Atenas "su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría" (Hechos 17: 16). Y ¿Qué diremos del mismo Señor Jesús cuando, indignado, “cogió un azote de cuerdas y volcó las mesas de los mercaderes en el templo”? (Juan 2: 13-16). Hay, pues, un tipo de ira que lejos de ser pecado expresa el enfado del creyente al contemplar el mundo con los ojos de su Señor. Es lo que podemos llamar una ira santa y justa.

¿Cuándo la ira se convierte en pecado?

Pablo, por otro lado, nos da a entender que también es posible airarse sin pecar: “Airaos, pero no pequéis” (Efesios 4: 26). A la mayoría de nosotros nos hubiera gustado tener una lista de situaciones en las que podemos enfadarnos sin pecar, pero no se nos especifican. Es providencial que Pablo fuera muy inconcreto en este punto. Al apóstol no parecen preocuparle los tipos y causas de conflicto que llevan al enojo. Sin embargo, de manera inmediata puntualiza la condición para que el enojo no se convierta en pecado.

“No se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4: 26)

En otras palabras, la ira llega a ser pecado cuando no va seguida de una pronta reconciliación, “antes que se ponga el sol”. Nadie debe acostarse con el corazón dominado por la ira. Ello es así porque el enojo guardado es el primer paso hacia el odio y ambos crean un caldo de cultivo idóneo para la amargura.

Y esta tríada es instrumento favorito del diablo para destruir relaciones de todo tipo, desde un matrimonio hasta la comunión fraternal en la iglesia. Tanto el odio como la amargura necesitan de la “célula madre” que es el enojo prolongado. Por esta razón Pablo señala como vital que “el sol no se ponga sobre nuestro enojo”.

Tener, pero no retener la ira

Ningún creyente debe hacer “conserva” de resentimiento en su corazón.

¡Qué triste es cuando dos personas se echan en cara agravios u ofensas después de largo tiempo, incluso años!: “Tal día hace cinco años me dijiste o hiciste algo que me enojó mucho”.

El hábito de hacer la paz, perdonarse y volverse a acercar con prontitud, si es posible antes de que acabe el día, es la mejor manera de prevenir separaciones, divisiones y luchas en todos los ámbitos, en especial la familia, el matrimonio y la iglesia, pero sin olvidar nuestras relaciones laborales y sociales. Merece la pena invertir esfuerzos en esta exhortación del apóstol, no sólo por sus efectos balsámicos en las relaciones, sino sobre todo porque ésta es la voluntad de Dios para todo cristiano que quiere imitar a su Señor.

¿Cómo saber la salud de una relación?

En esta línea, debemos afirmar que la salud de una relación, ejemplo el matrimonio, no se mide tanto por lo mucho o lo poco que discuten o se enojan las dos partes, sino por el tiempo que tardan en reconciliarse.

Este es el termómetro más fiable: ¿Cuánto tiempo tardan en resolver sus discusiones y enfados?

Si son capaces de hacerlo pronto, esta relación tiene un fundamento excelente, aunque la frecuencia de sus “chispas” haga pensar lo contrario. Si tardan días o semanas en hacer la paz, la relación se está envenenando con la peor ponzoña: el enojo almacenado que lleva al desprecio del otro, a la frialdad y, finalmente a la muerte de la relación.

Conozco casos de matrimonios que han estado dos años sin dirigirse la palabra. Esta forma de reaccionar nos lleva de forma natural a considerar los pasos prácticos para lograr la reconciliación. 

Continuará…

Autor: Dr. Pablo Martínez Vila

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