Estudios biblicos

 

 

DATE A TI MISMO COMO OFRENDA 6

2017-04-17 Por: Pr. Efraín A. Sánchez (1943-2015) 10

“¡Que el hombre trabaje con sabiduría, y con ciencia y con rectitud, y que haya de dar su hacienda a hombre que nunca trabajó en ello! También es esto vanidad y mal grande” (Eclesiastés 2: 21).

 

TESTAMENTOS

Como cristianos fieles y mayordomos honrados de los bienes de nuestro Dios, debemos estar preparados para ir al descanso en cualquier momento. Cuando llegue ese día debemos estar seguros de que los bienes confiados están en completo orden y serán dejados en buenas manos.

 

Al hacer un testamento, debemos redactarlo y legalizarlo de tal manera que esté libre de confusión y ambigüedades, todo debe estar claro.

 

¿QUIÉNES DEBEN SER LOS BENEFICIADOS DE NUESTRO TESTAMENTO?

 

Por supuesto deben estar la esposa y los hijos que aún requieren el cuidado materno, incluyendo su educación.

 

Evidentemente en el testamento debe incluirse como beneficiaria la Obra de Dios, ya que lo que está en nuestras manos es un bien confiado por el dueño absoluto de lo que tenemos.

 

En el testamento no debe incluirse la larga lista de parientes y allegados simplemente porque es la costumbre y el protocolo tradicional. No hay ninguna razón para dejar algún bien a alguien que no tiene ninguna necesidad. También es de mal criterio dejar lo que le pertenece a Dios a alguna institución caritativa, deportiva, política o estatal.

 

Sería mal visto por Dios y es pecado el hecho de que lo que en vida recibimos de Dios, a la hora de la muerte estos bienes pasen inclusive a las manos de hijos ociosos, viciosos y profanos, los cuales invertirán en fortalecer su vida licenciosa.


A través de un testamento sabiamente elaborado por un abogado y legalmente registrado podemos dejar a la Iglesia de Dios y a la familia prudente los bienes que son propiedad del que nos creó; esto es ante Dios, hacer tesoros en el cielo. Esto es tener un corazón y un sentido común santificado por el Espíritu Santo.

 

“¡Que el hombre trabaje con sabiduría, y con ciencia y con rectitud, y que haya de dar su hacienda a hombre que nunca trabajó en ello! También es esto vanidad y mal grande” (Eclesiastés 2: 21).

Continuará…




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