Estudios biblicos

 

 

LA GUERRA ESPIRITUAL

2018-07-30 Por: Pr. Allan Machado 11

“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.” (Efesios 6: 10-11)

Todo aquel que viene al conocimiento del Evangelio y se convierte en discípulo de Cristo se da cuenta rápidamente que ha entrado a una lucha que no se libra con sangre y carne. Es una batalla que se libra en el terreno de lo espiritual (sotereo), en el terreno de lo ético, de lo moral, de lo que define las motivaciones del corazón, lo que interpretamos como fe, confianza en Dios, entrega total, el suprimir el ego, el orgullo, las agendas personales. Es una batalla que se libra en el terreno de la conciencia, en las avenidas más intrincadas del corazón.

El apóstol Pablo nos habla de esa batalla espiritual: (Efesios 6: 10-18). Nos explica que nuestra lucha no es contra sangre y carne

La armadura de Dios "Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.  Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;" (Efesios 6: 10-18)

La escritora inspirada describe la lucha de esta forma:

Vi ángeles malos que contendían por las almas y ángeles de Dios que los resistían. El conflicto era recio. Los ángeles malos se amontonaban alrededor de las almas, corrompiendo la atmósfera con su influencia venenosa y adormeciendo su sensibilidad. Los ángeles santos observaban ansiosamente a estas almas y aguardaban la oportunidad para hacer retroceder a la hueste de Satanás. Pero no es tarea de los ángeles buenos manejar las mentes contra la voluntad de los individuos. Si ceden al enemigo y no hacen ningún esfuerzo por resistirle, poco más pueden hacer los ángeles de Dios que contener las huestes de Satanás para que no destruyan, hasta que los que están en peligro reciban conocimiento adicional que los haga despertar y dirigir la vista al cielo en procura de ayuda. Jesús no comisionará a los santos ángeles a que saquen de apuros a los que no hacen esfuerzo por ayudarse a sí mismos.

Si Satanás ve que está en peligro de perder un alma, se esfuerza hasta lo infinito por conservarla. Y cuando el individuo se percata del peligro, y con aflicción y fervor mira a Jesús para obtener fuerza, Satanás teme perder un cautivo y pide un refuerzo de sus ángeles para cercar a la pobre alma y formar a su alrededor un muro de tinieblas a fin de que no reciba la luz del cielo. Pero si el que está en peligro persevera, y en su impotencia y debilidad confía en los méritos de la sangre de Cristo, Jesús escucha la ferviente oración de fe y envía un refuerzo de aquellos ángeles que sobresalen en fuerza para librarlo.

Satanás no puede soportar que se apele a su poderoso rival, pues teme y tiembla ante su fuerza y majestad [la de Cristo]. Toda la hueste de Satanás tiembla al sonido de la oración ferviente… Y cuando los ángeles todopoderosos, vestidos con la panoplia del cielo, acuden en ayuda del alma desfalleciente, perseguida, Satanás y su hueste retroceden, pues saben bien que su batalla está perdida (Review and Herald, mayo 13, 1862).

Todos los cristianos sin excepción estamos expuestos a esta lucha en el terreno espiritual. Sin embargo, cuando aceptamos el llamado de Dios al liderazgo y nos hacemos soldados de Jesucristo, voluntariamente nos hemos enlistado para pelear en una batalla que se libra en un terreno más peligroso, más complejo, un terreno donde las tentaciones y pruebas están a otro nivel. La batalla se arrecia a medida que crecen las responsabilidades. En otras palabras, cuando nos dedicamos a servir a Dios y venimos a responsabilidades de liderazgo dentro de su reino, podemos decir que hemos salido de las trincheras y hemos entrado al campo de batalla. Para aquellos que están sentados en los bancos y pasando el tiempo las cosas van relativamente tranquilas. Tienen luchas como cualquier otro cristiano; sin embargo, yo pienso que una cosa es correr con los de a pie, y otra cosa es contender con los de a caballo. Una cosa es pelear en el frente y al frente (en la vanguardia) y otra cosa es ser parte del pelotón o la retaguardia.

Los ministros del Evangelio, como mensajeros de Dios a sus semejantes, no deben nunca perder de vista su misión ni sus responsabilidades. Si pierden su conexión con el cielo, están en mayor peligro que los demás, y pueden ejercer mayor influencia para mal. Satanás los vigila constantemente, esperando que se manifieste alguna debilidad, por medio de la cual pueda atacarlos con éxito. ¡Y cómo se regocija cuando tiene éxito! porque un embajador de Cristo que no esté en guardia, permite al gran adversario arrebatar muchas almas. (Obreros Evangélicos, pág. 17)

Para entrar al campo de batalla necesitamos estar preparados. Nadie se mete en la batalla sin entrenamiento y sin los aparejos necesarios. La recomendación de Pablo es clara: Si quieres estar preparado para esta guerra espiritual necesitas:

Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.  (Efesios 6: 13-17)

Como líderes de la iglesia de Cristo tendremos que enfrentar batallas espirituales. Siempre tendremos que enfrentar desafíos, crisis, ataques de los de adentro y de los de afuera. Satanás buscará el mejor momento para destruirnos. Él estudia nuestras debilidades. Todo depende de la preparación que tengamos para enfrentar la lucha.




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