Salud del cuerpo

 

 

¿COMES O TE ALIMENTAS? 1

2018-10-20 Por: Autorización de Fundación Vivo Sano 32

LA NUTRICIÓN A TRAVÉS DE LA HISTORIA DEL HOMBRE: DE LA COMIDA NATURAL A LOS SUPLEMENTOS ALIMENTICIOS

El ser humano es lo que es hoy en día –social, tecnológico, culturalmente– gracias a la alimentación, en una medida nada desdeñable. Los principales cambios evolutivos de la humanidad coinciden con grandes cambios en la alimentación, y no por casualidad. Los antropólogos relacionan, por ejemplo, el desarrollo del cerebro con un aumento del consumo de proteínas y ácidos grasos. La introducción de la agricultura y la ganadería hace que el hombre pase de ser nómada, y de depender de sus desplazamientos en su lucha vital para procurarse un alimento que cuesta conseguir y que es escaso, a asentarse y construir las primeras grandes civilizaciones. Así ocurrió con los sumerios o los persas entre el Tigris y el Éufrates, la civilización egipcia en torno al Nilo, la china en torno al río Amarillo…

Con las primeras civilizaciones, se perfeccionó la manipulación alimentaria: cazar y comer ya no eran dos hechos simultáneos. Había que conservar los alimentos, cocinarlos, empezar a procesarlos, de forma aún básica y rudimentaria. Sí, la gastronomía es una ciencia y un arte con miles de años de antigüedad, y también con puntos de inflexión históricos. Con el devenir de los tiempos se fueron creando técnicas, perfeccionando métodos. Los contactos culturales entre civilizaciones y los intercambios comerciales contribuyeron, además, a introducir nuevos alimentos en cada comunidad: las especias llegadas de Oriente, los nuevos ingredientes procedentes de ese nuevo continente recién descubierto, América…

 

Siglos después, la Revolución Industrial desencadena un nuevo vuelco socioeconómico. El siglo XIX da paso a la época de la opulencia, al menos en lo que hoy se ha dado en llamar “primer mundo”. Es la era de la producción y de la explosión demográfica. Hay que alimentar a grandes masas de población, hay que producir más y más. La agricultura y la ganadería no escapan a esas nuevas exigencias de producción intensiva y extensiva. Y la alimentación humana comienza a industrializarse. Nace lo que los economistas llaman “la cadena alimentaria”: producción, transformación, conservación, transporte, distribución. Surgen las marcas. Aparece la competencia.

 

LA INVASIÓN DE LA COMIDA PROCESADA

En un principio, los efectos de esta evolución histórica supusieron una mejora para la especie humana: gracias al aumento de los recursos, existe una mayor disponibilidad de alimentos. Y ello a su vez se traduce en una mayor ingesta calórica. Así, las pautas nutricionales van cambiando inexorablemente durante todo el siglo XX, cambios que podríamos resumir en tres grandes rasgos:

 

1. En los países más industrializados el aporte energético crece muy por encima de las necesidades de supervivencia del individuo;

 

2. Aumenta el consumo de origen animal (carne, pescado, huevos, leche) y desciende el de origen vegetal (verduras, legumbres, cereales);

 

3. Los avances en la cadena alimentaria favorecen cambios en el formato de los alimentos, de tal forma que “lo fresco” pierde peso frente al avance imparable de “lo procesado”. Hay una auténtica guerra entre las marcas por ofrecer al consumidor el mejor sabor, la mejor presentación, los mejores olores y colores. Es la guerra de la palatabilidad, y no importan los aditivos necesarios para ganar cuota de mercado.

 

Estas tendencias en la nutrición humana se introducen de pleno en el siglo XXI. Vivimos el siglo de la “caloría barata”: nos alimentamos en un altísimo porcentaje de precocinados y procesados, picoteamos entre horas con snacks de difícil descripción, la bollería industrial triunfa en los recreos de las escuelas, los lineales de los supermercados muestran sucedáneos de zumos que apenas contienen fruta, las exigencias de los horarios laborales hacen de las máquinas expendedoras nuestro salvavidas, nuestra dieta se llene de grasas saturadas y azúcares… Y el “primer mundo” se ve sumido en una pandemia de obesidad, mientras el resto del planeta pasa hambre. Así las cosas, y a estas alturas de nuestra evolución como especie, el hombre ha conseguido esquilmar los recursos del planeta hasta el punto de que la tierra se ha empobrecido de muchísimos minerales traza necesarios para nuestra salud. La consecuencia inevitable ha sido que los alimentos de hoy en día no tienen ni de lejos la misma calidad nutricional.

 

El profesor Michael Crawford y Yoqun Wang, de la London Metropolitan University, encontraron que un pollo en 2004 contenía más del doble de grasa que en 1940, un tercio más de calorías y un tercio menos de proteína (parcialmente menor en orgánico). Un pollo de engorde de 2 kg ahora se produce en seis o siete semanas en lugar de 14.

En definitiva, un tomate de hoy apenas se parece a uno de hace cien años: ni tiene el mismo color, ni el mismo sabor, ni la misma composición nutricional; pero apenas somos conscientes, porque consumimos más tarros de “tomate frito receta artesana, sin sal y sin gluten” (¡!) que tomates. Los niños ya no saben de dónde vienen los tomates, y piensan que la leche sale de los tetra- briks. Y los alimentos que no son procesados, probablemente provienen de invernaderos, de granjas de explotación masiva, de piscifactorías, con sus respectivos riesgos añadidos: pesticidas, antibióticos, alimentos procesados y totalmente artificiales para esos animales que luego se convertirán en materia prima de nuestro propio alimento…

Añadamos a este desolador panorama el factor microeconómico: cada vez invertimos menos dinero en nuestra alimentación. De hecho, lo consideramos “gasto”, y no “inversión”. Hoy en día, el presupuesto familiar dedicado a alimentación no sobrepasa el 20% de los ingresos, mientras que al inicio del siglo XX, en la época de nuestros abuelos, ese porcentaje se duplicaba holgadamente, tal y como reflejan Langreo, A. y Germán, L. en su informe Sistema alimentario y transición nutricional, 2010. Y no sólo reducimos nuestro gasto alimentario; también invertimos menos tiempo, en comprar, en cocinar, en sentarnos a la mesa en horarios regulares… lo cual se traduce en patrones inadecuados de nutrición.

ROSA YOESTE

www.vivosano.org/comes-o-te-alimentas/




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Autorización de Fundación Vivo Sano

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